¿Por qué necesitamos nacer de nuevo? | Fe que Satisface

Hay personas que conocen la Biblia, han asistido durante años a una iglesia y procuran vivir de manera correcta. Algunas sirven con dedicación, conocen las enseñanzas cristianas y desean agradar a Dios. Sin embargo, surge una pregunta que no podemos evitar: ¿es suficiente todo eso para tener la vida que Dios quiere darnos?

Esta pregunta nos lleva a una conversación extraordinaria entre Jesús y un hombre llamado Nicodemo. Su historia nos muestra que incluso una persona religiosa, instruida y respetada puede necesitar comprender algo fundamental: la vida que procede de Dios no se obtiene simplemente mejorando nuestra conducta; necesitamos nacer de nuevo.

Jesús no presentó esta necesidad como una opción para quienes desean alcanzar un nivel espiritual superior. Habló de ella como una condición indispensable. Para comprender por qué, debemos escuchar sus palabras y observar qué revelan acerca de nuestra condición y de la obra de Dios.

1. Nicodemo: un hombre religioso que busca a Jesús

Juan 3:1-2 presenta a Nicodemo como fariseo y dirigente de los judíos. Era un hombre familiarizado con las Escrituras y pertenecía a un grupo que concedía gran importancia a la Ley de Dios. Además, reconoció que las señales realizadas por Jesús mostraban que Dios estaba con él.

Nicodemo no aparece como alguien indiferente a las cosas espirituales. Se acerca a Jesús y reconoce que su ministerio no puede explicarse como una actividad humana ordinaria.

El relato dice que fue a Jesús de noche, pero no necesitamos especular sobre sus motivos. Lo importante para nuestra exposición es lo que ocurre en la conversación.

Nicodemo comienza hablando de las señales que Jesús realiza. Sin embargo, Jesús dirige la conversación hacia una necesidad mucho más profunda que el reconocimiento de sus obras.

Esto nos invita a reflexionar. Podemos tener conocimientos bíblicos, reconocer verdades acerca de Jesús e incluso procurar una conducta moralmente correcta. Todo ello tiene su lugar, pero no equivale por sí mismo al nuevo nacimiento.

La dificultad no consiste necesariamente en carecer de información religiosa. El problema es que la vida que Dios da no puede producirse mediante el conocimiento, la disciplina o el esfuerzo humano.

No debemos despreciar el estudio de las Escrituras ni la obediencia. Debemos comprender, más bien, que ninguna de estas cosas puede sustituir la obra de Dios. Conocer enseñanzas acerca de la vida no es lo mismo que haber nacido de esa vida.

2. La necesidad de nacer de nuevo

Jesús responde a Nicodemo con unas palabras que cambian la dirección de la conversación:

«En verdad te digo que el que no nace de nuevo no puede ver el reino de Dios» (Juan 3:3).

La expresión griega traducida como «nacer de nuevo» puede significar «de nuevo» o «de arriba». Nicodemo parece entenderla en el sentido de volver a nacer físicamente, pero la respuesta de Jesús dirige la atención hacia un nacimiento que no puede producir el ser humano y cuyo origen está en Dios.

Nicodemo interpreta las palabras de Jesús en términos de un nacimiento físico. Pregunta cómo puede una persona volver al vientre de su madre y nacer (Juan 3:4). Su pregunta muestra que todavía no comprende la naturaleza de aquello que Jesús anuncia.

Jesús no está hablando de repetir el nacimiento biológico ni de iniciar una reforma personal más exigente. Está hablando de un nacimiento distinto, que no puede producirse mediante los recursos de la existencia humana.

¿Por qué necesitamos nacer de nuevo?

Porque el problema humano no se resuelve únicamente corrigiendo algunas conductas. Podemos aprender, adquirir disciplina, modificar hábitos y mejorar nuestra manera de relacionarnos con los demás. Esos cambios pueden ser valiosos, pero no producen por sí mismos la vida que procede de Dios.

Una persona puede reformar su comportamiento sin que esa reforma sea el nuevo nacimiento del que habla Jesús. Puede cambiar ciertas costumbres y continuar entendiendo la vida espiritual como un proyecto que depende principalmente de sus capacidades.

Jesús lleva a Nicodemo más allá de esa perspectiva. No le ofrece simplemente una técnica para ser mejor. Le muestra que necesita aquello que no puede darse a sí mismo.

Esta es una verdad que debemos recibir con humildad. No necesitamos solamente más información, mayor esfuerzo o una versión mejorada de nosotros mismos. Necesitamos la obra de Dios.

3. Una vida cuyo origen está en Dios

Jesús continúa explicando:

«En verdad te digo que el que no nace de agua y del Espíritu no puede entrar en el reino de Dios» (Juan 3:5).

A continuación, establece un contraste:

«Lo que es nacido de la carne, carne es, y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es» (Juan 3:6).

La distinción es fundamental. El nacimiento físico produce vida humana; el nacimiento del Espíritu tiene un origen diferente. Jesús no está diciendo que el cuerpo sea malo ni que la existencia humana carezca de valor. Está mostrando que la vida humana, por sus propias capacidades, no puede producir el nacimiento que procede del Espíritu.

No podemos generar esa vida mediante una acumulación de méritos religiosos. Tampoco podemos fabricarla a través de la voluntad, la educación o la disciplina moral. La iniciativa y la obra necesarias pertenecen a Dios.

El Antiguo Testamento contiene una promesa que puede ayudar a comprender estas palabras. En Ezequiel 36:25-27, Dios anuncia que limpiará a su pueblo, le dará un corazón nuevo y pondrá su Espíritu dentro de él. Esta promesa ofrece un posible trasfondo para comprender Juan 3:5-6, aunque el significado específico de «agua y Espíritu» en Juan 3:5 es objeto de distintas interpretaciones. En cualquier caso, el pasaje de Ezequiel destaca una obra que Dios mismo realiza.

Aquí debemos detenernos en una distinción importante. No se trata simplemente de que la persona anterior reciba algunos ajustes para comportarse mejor. El nuevo nacimiento señala el comienzo de una vida nueva, recibida de Dios.

La Escritura también expresa esta realidad al hablar de una nueva creación (2 Corintios 5:17). No debemos utilizar esta expresión para afirmar que el creyente alcanza inmediatamente la madurez o deja de experimentar luchas. El nacimiento y el crecimiento no son lo mismo. Una vida recibida necesita manifestarse y desarrollarse; pero ese desarrollo no convierte el esfuerzo humano en la fuente de la vida.

Por eso, la obediencia cristiana no es irrelevante. Tampoco es el precio que pagamos para conseguir el nuevo nacimiento. La obediencia tiene sentido como respuesta a Dios y como expresión de la vida que él da, no como un medio para producirla.

El orden importa: no nos transformamos para conseguir que Dios nos dé vida; necesitamos la obra de Dios para vivir de una manera que corresponda a esa vida.

4. La obra soberana del Espíritu

Jesús continúa:

«No te asombres de que te haya dicho: “Os es necesario nacer de nuevo”» (Juan 3:7).

Después utiliza la imagen del viento:

«El viento sopla donde quiere, y oyes su sonido, pero no sabes de dónde viene ni adónde va; así es todo aquel que es nacido del Espíritu» (Juan 3:8).

En griego, la palabra pneuma puede significar tanto «viento» como «espíritu». Jesús aprovecha esa relación de significado para mostrar que la obra del Espíritu no está bajo el control humano.

Podemos escuchar el viento y reconocer sus efectos, aunque no controlemos su movimiento. De manera semejante, no podemos someter la obra del Espíritu a nuestros métodos ni producirla a voluntad.

Esto confronta cualquier idea de que el nuevo nacimiento sea el resultado automático de cumplir ciertos pasos religiosos. Una oración, una actividad, una decisión o un programa no puede ocupar el lugar de la obra de Dios.

Pero la comparación tampoco nos autoriza a afirmar que la obra del Espíritu carece de efectos reconocibles. Jesús no está enseñando que la vida nacida del Espíritu sea necesariamente invisible en sus consecuencias. Está resaltando la libertad de su obrar y los límites de nuestro control.

Por eso, debemos abandonar tanto la autosuficiencia como la pretensión de dominar la vida espiritual mediante procedimientos humanos.

El nuevo nacimiento es necesario, pero no podemos producirlo por nosotros mismos. Su origen está en Dios, y la obra del Espíritu no puede someterse a nuestros métodos ni quedar bajo nuestro control.

Las palabras de Jesús a Nicodemo anuncian esta necesidad. El desarrollo bíblico posterior permitirá comprender con mayor amplitud la promesa del Espíritu y la vida en Cristo. Aquí debemos respetar el alcance de la conversación: Jesús está mostrando que nadie puede entrar en el reino de Dios sin ese nacimiento que procede del Espíritu.

La vida cristiana comienza con lo que Dios hace

La conversación entre Jesús y Nicodemo nos obliga a revisar nuestra comprensión de la vida espiritual. Podemos conocer las Escrituras, participar en actividades cristianas y procurar una conducta correcta. Nada de eso debe despreciarse, pero tampoco puede reemplazar el nuevo nacimiento.

Jesús no le dijo a Nicodemo que necesitaba esforzarse un poco más para llegar a ser suficientemente bueno. Le mostró que necesitaba nacer de nuevo.

Esta verdad nos libra de dos errores. El primero es confiar en nuestra capacidad para producir la vida que solo Dios puede dar. El segundo es pensar que, porque la vida procede de Dios, nuestra manera de vivir carece de importancia. La gracia no convierte la obediencia en algo innecesario; nos permite comprenderla en su lugar correcto.

La pregunta, entonces, no es solamente cuánto hemos aprendido, cuántas actividades realizamos o cuánto hemos conseguido mejorar nuestra conducta. La pregunta es si comprendemos que necesitamos la obra de Dios y que la vida cristiana no nace de nuestros propios recursos.

No necesitamos simplemente mejorar la vida anterior. Necesitamos nacer de nuevo. Jesús presenta esta necesidad con claridad y dirige nuestra atención hacia la obra del Espíritu, porque la vida que procede de Dios no puede ser producida por el ser humano.

Esa es la verdad que Nicodemo necesitaba comprender y que nosotros también debemos tomar en serio.

Texto principal: Juan 3:1-8

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