Cristo en nosotros: la promesa de su presencia | Fe que Satisface

Hay momentos en los que la vida cristiana parece haberse convertido en una carga. Una persona puede seguir asistiendo a reuniones, leyendo la Biblia, orando y procurando hacer lo correcto, pero por dentro sentirse cansada, sola o desconectada de la alegría de conocer a Cristo.

Quizá se pregunta si está haciendo lo suficiente, si debería esforzarse más o si su dificultad para experimentar la presencia de Dios significa que algo anda mal en su relación con Él.

En medio de esas preguntas, las palabras de Jesús en Juan 14 nos ofrecen una esperanza que necesitamos escuchar con atención.

Jesús estaba hablando con sus discípulos la noche anterior a su muerte. Les había anunciado que se iría, y ellos todavía no comprendían plenamente lo que estaba por suceder. Su partida les produciría tristeza e incertidumbre. ¿Qué sería de ellos cuando ya no pudieran acompañarlo como hasta entonces? ¿Cómo continuarían después de perder su presencia visible?

Jesús no respondió pidiéndoles que aprendieran a arreglárselas solos. Les habló de una promesa: el Padre les daría el Consolador, Él no los dejaría huérfanos y ellos vivirían porque Él vive.

Estas palabras nos ayudan a comprender que la vida cristiana no consiste en intentar mantenernos cerca de Jesús mediante nuestras propias fuerzas. Se fundamenta en lo que Él prometió y en la vida que procede de Él.

1. Jesús prometió que sus discípulos no quedarían solos

Jesús dijo:

«Y Yo rogaré al Padre, y Él les dará otro Consolador para que esté con ustedes para siempre» (Juan 14:16, NBLA).

La promesa aparece en un momento de despedida. Jesús sabe que sus discípulos están por enfrentar acontecimientos que no comprenden. Él va a ser arrestado y crucificado, y su manera de estar con ellos cambiará radicalmente.

Por eso, la promesa del Consolador no es una explicación fría acerca del Espíritu Santo. Es parte de la respuesta de Jesús a la incertidumbre de sus discípulos.

La palabra Consolador también puede traducirse como Ayudador o Defensor. Se refiere a quien acompaña, ayuda y está a favor de los discípulos. Jesús añade algo significativo: el Padre les dará otro Consolador para que esté con ellos para siempre.

Los discípulos no tendrían que interpretar la partida de Jesús como el final de su relación con Él. Su partida no significaba que quedarían abandonados a su suerte.

Esto no quiere decir que nunca experimentarían tristeza, persecución o dificultades. Jesús no les prometió una vida sin problemas. Les prometió la presencia y la ayuda de Dios en una realidad que estaba a punto de cambiar.

Hay una diferencia importante entre atravesar una dificultad y haber sido abandonado. Podemos sentirnos débiles sin que eso signifique que Dios nos ha dejado. Podemos pasar por temporadas de preguntas y lucha sin concluir inmediatamente que nuestra relación con Cristo ha desaparecido.

A veces, la religión nos lleva a pensar que, cuando no sentimos suficiente entusiasmo, no oramos como deberíamos o no conseguimos mantener determinado nivel de actividad, estamos fallando por completo. Pero Jesús dirige la atención de sus discípulos hacia una promesa que no depende de su capacidad para controlar lo que sucederá.

La esperanza de los discípulos no estaba en que ellos pudieran sostenerlo todo, sino en que Jesús había prometido no dejarlos solos.

2. El Espíritu estaría con ellos y estaría en ellos

Jesús continúa:

«Es decir, el Espíritu de verdad, a quien el mundo no puede recibir, porque ni lo ve ni lo conoce, pero ustedes sí lo conocen porque mora con ustedes y estará en ustedes» (Juan 14:17, NBLA).

Jesús distingue entre dos expresiones: el Espíritu «mora con ustedes» y «estará en ustedes». No debemos pasar por alto esas palabras, porque forman parte de la promesa que está haciendo a sus discípulos.

El Espíritu de Dios no era desconocido en la historia de Israel. Ya había obrado antes de aquel momento. Sin embargo, Jesús está anunciando algo relacionado con la nueva realidad que vendría como resultado de su muerte, resurrección y glorificación.

Más adelante, Juan explica que el Espíritu todavía no había sido dado en el sentido relacionado con la glorificación de Jesús (Juan 7:39). Y en Juan 16:7, Jesús vuelve a relacionar su partida con la venida del Consolador. Estas referencias nos ayudan a entender que existe una diferencia entre la obra del Espíritu antes de la glorificación de Cristo y el cumplimiento de la promesa que Jesús está anunciando.

No necesitamos desarrollar aquí todos los detalles de esa transición. Lo importante es reconocer que Jesús no está hablando de una ayuda ocasional ni de una presencia limitada a determinados momentos. Está prometiendo la presencia permanente del Consolador en sus discípulos.

Pero surge una pregunta: ¿cómo se relaciona esta promesa con Jesús mismo?

El versículo siguiente nos ayuda a responder.

Jesús dice:

«No los dejaré huérfanos; vendré a ustedes» (Juan 14:18, NBLA).

Observemos cómo se conectan las palabras. Primero, Jesús promete el Consolador; después, afirma que no dejará huérfanos a sus discípulos y que vendrá a ellos.

El texto relaciona estas promesas, aunque no debemos reducir toda la expresión «vendré a ustedes» a una sola explicación aislada del resto del Evangelio. Lo que sí podemos afirmar es que Jesús quiere que sus discípulos comprendan que su partida no significará el abandono de los suyos.

La venida del Espíritu no debe entenderse como si Jesús fuera reemplazado por alguien que ocupara su lugar en una relación distinta y separada de Él. El Consolador forma parte de la promesa mediante la cual Jesús asegura a sus discípulos que no quedarán solos.

Esto es importante porque nuestra esperanza no consiste en alejarnos de Cristo para buscar una relación independiente con el Espíritu. El mismo Jesús que promete el Consolador es quien habla de volver a sus discípulos y de la vida que ellos tendrán porque Él vive.

No son dos esperanzas que compiten entre sí. La promesa del Espíritu y la promesa de Jesús deben comprenderse juntas.

3. «Porque yo vivo, ustedes también vivirán»

Jesús añade:

«Un poco más de tiempo y el mundo no me verá más, pero ustedes me verán; porque Yo vivo, ustedes también vivirán» (Juan 14:19, NBLA).

Aquí encontramos una de las afirmaciones más importantes del pasaje.

Jesús está por morir. Sus discípulos verán cómo aquel en quien han puesto su esperanza es crucificado. Desde una perspectiva humana, su muerte parecerá el final de todo. Sin embargo, Jesús habla mirando más allá de la cruz: Él vivirá.

La muerte no tendrá la última palabra sobre Él. Su resurrección confirmará que la vida de Jesús no puede ser vencida por la muerte. Y la vida de sus discípulos está vinculada con la suya: «porque Yo vivo, ustedes también vivirán».

Jesús no dice: «Ustedes vivirán porque lograrán ser suficientemente fuertes». Tampoco les dice que podrán vivir si consiguen mantener siempre el mismo entusiasmo o cumplir sin fallar todas sus responsabilidades religiosas.

La afirmación comienza con Él: «Yo vivo». La esperanza de sus discípulos descansa en la vida de Jesús.

Esto no significa que la obediencia carezca de importancia, ni que seguir a Cristo sea una experiencia sin luchas. Significa que la obediencia cristiana no puede separarse de la vida que recibimos de Él ni convertirse en el precio que pagamos para que nos acepte.

Cuando olvidamos esto, podemos terminar tratando la vida cristiana como una tarea interminable: esforzarnos para acercarnos a Dios, hacer más para no decepcionarlo y procurar que nuestro rendimiento espiritual sea suficiente. Entonces, incluso las actividades buenas pueden convertirse en una carga que nos hace perder de vista a Cristo.

Jesús dirige la atención hacia otro lugar. La vida de los discípulos está vinculada con la vida de su Señor.

La pregunta no es solamente cuánto puedes hacer por Jesús. También necesitas recordar quién es Jesús y qué ha prometido a los suyos.

Quizá hoy te sientes débil. Quizá llevas tiempo intentando recuperar una alegría que parece haberse apagado. Este pasaje no te invita a fingir que todo está bien ni a ignorar las dificultades. Te recuerda que la esperanza cristiana no comienza con la fuerza que tú consigues producir, sino con Cristo vivo.

No tienes que convertir tu debilidad en una prueba de que todo ha terminado. Vuelve a escuchar las palabras de Jesús: «Porque Yo vivo, ustedes también vivirán».

4. «Ustedes en mí y yo en ustedes»

Jesús concluye esta parte de su enseñanza con una afirmación que reúne lo que ha venido diciendo:

«En ese día conocerán que Yo estoy en Mi Padre, y ustedes en Mí y Yo en ustedes» (Juan 14:20, NBLA).

Jesús habla de una relación profunda: Él está en el Padre, sus discípulos están en Él y Él está en ellos.

No se trata simplemente de recordar las enseñanzas de Jesús, imitar su comportamiento desde fuera o procurar parecernos a Él mediante el esfuerzo personal. Jesús está hablando de una relación que transforma la manera de comprender la vida con Dios.

Esto nos ayuda a ver cómo se relacionan las palabras «el Espíritu estará en ustedes» y «yo en ustedes». Jesús no presenta la promesa del Espíritu como una realidad que desplaza la relación con Él. Al contrario, la promesa del Consolador aparece en el mismo discurso en el que Jesús asegura que no dejará huérfanos a sus discípulos y les habla de su presencia y de la vida que tendrán porque Él vive.

El Espíritu Santo no es una alternativa a Cristo. Tampoco debemos confundirlos como si Jesús y el Espíritu fueran la misma persona. Jesús distingue al Consolador de sí mismo y, al mismo tiempo, relaciona su venida con la promesa de su presencia entre los discípulos.

Por eso, no debemos imaginar la vida cristiana como una búsqueda en la que primero intentamos alcanzar una experiencia espiritual y después esperamos que Cristo se acerque a nosotros. El pasaje nos invita a prestar atención a la promesa de Jesús y a la relación que Él mismo describe.

Estar en Cristo y que Cristo esté en nosotros no son dos objetivos enfrentados con la presencia del Espíritu. La promesa del Consolador pertenece a la obra de Dios mediante la cual los discípulos no quedan abandonados después de la partida de Jesús.

Esta verdad también nos ayuda a reconocer que la vida cristiana no se reduce a lo que hacemos externamente. Las reuniones, la enseñanza, el servicio y las demás actividades pueden tener su lugar, pero no sustituyen nuestra relación con Cristo. Tampoco la ausencia de determinadas actividades demuestra, por sí sola, que una persona haya dejado de pertenecerle.

Lo central no es construir una apariencia de fortaleza espiritual. Es vivir desde la relación con Cristo que Jesús promete a los suyos.

5. Una esperanza que no depende de sostenerlo todo

¿Qué significa todo esto para alguien que está cansado de esforzarse por vivir su fe?

En primer lugar, significa que no necesita confundir el cansancio con el abandono. Hay temporadas difíciles en las que necesitamos descansar, recibir ayuda, revisar algunas prácticas y reconocer con honestidad lo que estamos viviendo. No tenemos que esconder nuestras dificultades detrás de una apariencia religiosa.

En segundo lugar, significa que no debemos convertir la presencia de Dios en algo que intentamos producir mediante determinadas actividades. La oración, la lectura bíblica y la comunión con otros creyentes son valiosas, pero no son mecanismos para obligar a Dios a acercarse. Son parte de nuestra respuesta a Él, no el precio que pagamos para conseguir su aceptación.

Y, en tercer lugar, significa que podemos volver nuestra atención a Cristo sin pensar que todo depende de nuestra capacidad para mantenernos firmes. La vida cristiana incluye responsabilidad, obediencia y crecimiento, pero no se origina en nuestra autosuficiencia.

Jesús no prometió que sus discípulos nunca tendrían preguntas ni que siempre comprenderían lo que Dios estaba haciendo. Les prometió el Consolador, les aseguró que no los dejaría huérfanos y les recordó que vivirían porque Él vive.

Esa promesa no elimina automáticamente cada dificultad, pero sí cambia el fundamento de nuestra esperanza.

No necesitas negar tu cansancio para tomar en serio las palabras de Jesús. Tampoco necesitas convertir cada lucha en una condena contra ti mismo. Puedes reconocer tu necesidad y volver a mirar a Aquel que prometió no dejar solos a los suyos.

La vida cristiana no consiste en mantener una distancia cada vez menor con Dios a fuerza de esfuerzo religioso. Consiste en vivir en la relación con Cristo que Él ha hecho posible y en la vida que procede de Él.

Conclusión: no estás llamado a vivir separado de Cristo

La promesa de Juan 14:16-20 nació en una noche difícil. Jesús sabía que sus discípulos enfrentarían la pérdida de su presencia visible y no quería que interpretaran su partida como abandono.

Por eso les habló del Consolador, les aseguró que no quedarían huérfanos y les dijo que vivirían porque Él vive. Finalmente, les anunció que conocerían esa relación en la que ellos estarían en Él y Él en ellos.

No necesitamos convertir estas palabras en una fórmula ni comprender cada detalle de la obra del Espíritu para recibir el consuelo que ofrece el pasaje. Sí necesitamos escuchar lo que Jesús quiso que sus discípulos supieran: su partida no significaría que quedarían solos.

Si tu vida cristiana se ha convertido en una carga de esfuerzos, actividades y exigencias, quizá necesites detenerte y recordar dónde descansa realmente tu esperanza. No en tu capacidad para sostenerlo todo, sino en Cristo vivo y en la promesa que hizo a los suyos.

La esperanza cristiana no consiste en aprender a vivir sin necesitar a Cristo, sino en descubrir cada vez más profundamente la vida que tenemos en Él.

¿Qué parte de la promesa de Jesús en Juan 14:16-20 necesitas recordar especialmente en este momento?

Texto principal: Juan 14:16-20

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