¿Qué significa conocer verdaderamente a Cristo? | Fe que Satisface

Podemos saber muchas cosas acerca de Jesús y, sin embargo, necesitar comprender mejor qué significa conocerlo. Podemos leer los Evangelios, aprender doctrinas, participar en reuniones cristianas y servir a otras personas. Todas estas cosas pueden tener un lugar importante en la vida cristiana, pero ninguna de ellas, por sí sola, explica lo que Jesús quiso decir cuando habló de conocer a Dios y a Jesucristo.

En Juan 17:3 encontramos unas palabras que nos ayudan a comprender esta cuestión. Jesús, mientras ora al Padre, dice que la vida eterna consiste en conocer al único Dios verdadero y a Jesucristo, a quien Él ha enviado.

¿Qué significa ese conocimiento? ¿Se trata de aprender información acerca de Dios o de algo más profundo? ¿Cómo se relaciona con la vida eterna?

Para responder, necesitamos escuchar las palabras de Jesús dentro del contexto de su oración y comprender que conocerlo no es simplemente una actividad de nuestra mente: está relacionado con la vida que Dios nos da por medio de su Hijo.

1. Jesús habla de la vida que Él ha venido a dar

Juan 17 nos presenta a Jesús orando al Padre cuando se acerca el momento decisivo de su misión. Comienza diciendo que ha llegado la hora para que el Hijo sea glorificado, a fin de que el Padre también sea glorificado en Él (Juan 17:1).

En el Evangelio de Juan, la hora de Jesús está relacionada con su muerte y glorificación. La cruz no será un accidente que interrumpa su misión, sino parte del cumplimiento de la obra que el Padre le ha encomendado.

Inmediatamente después, Jesús habla de la autoridad que ha recibido para dar vida eterna a aquellos que el Padre le ha dado (v. 2). Esto nos permite comprender algo fundamental: la vida eterna no aparece como un logro que alcanzamos mediante nuestros méritos, sino como una vida que el Hijo tiene autoridad para dar.

Entonces, en el versículo 3, Jesús explica en qué consiste esa vida: conocer al único Dios verdadero y a Jesucristo, a quien el Padre ha enviado.

La vida eterna incluye la esperanza de vivir para siempre, pero las palabras de Jesús muestran que no se trata solamente de una existencia interminable. Esa vida está relacionada con conocer a Dios. No es únicamente una promesa para el futuro; es una vida cuyo significado está inseparablemente unido al Padre y al Hijo.

Por eso, antes de preguntarnos cuánto sabemos, cuánto hacemos o cuánto hemos avanzado en nuestras actividades cristianas, necesitamos comprender quién es Jesucristo y qué significa conocerlo.

2. Conocer a Cristo es más que saber cosas acerca de Él

Podemos conocer muchos datos sobre una persona sin conocerla verdaderamente. Podemos saber dónde nació, qué dijo, qué hizo y cuáles son sus ideas, pero esa información no equivale necesariamente a conocerla de manera personal.

Algo semejante puede suceder con nuestro acercamiento a Jesús. Una persona puede conocer relatos bíblicos, explicar doctrinas y utilizar correctamente el lenguaje cristiano sin comprender todavía qué significa conocer a Dios en la vida que Él concede.

Esto no significa que aprender las Escrituras sea innecesario. Al contrario, necesitamos conocer lo que Dios ha revelado acerca de su Hijo. No podemos conocer a Jesús conforme a la verdad si construimos una imagen de Él según nuestras preferencias y dejamos de escuchar su Palabra.

La diferencia está en que saber cosas acerca de Cristo no es lo mismo que conocerlo desde la vida que Dios nos da por medio de Él.

Cuando Jesús habla de conocer al Padre y al Hijo en Juan 17:3, no está presentando una asignatura religiosa que podamos dominar desde fuera. Habla de la vida eterna, que Él mismo concede. Ese conocimiento está unido a la vida que describe: no se limita a la información que una persona puede acumular, sino que implica conocer a Dios conforme a su revelación.

Aquí necesitamos ser cuidadosos. No debemos concluir que quien conoce mucha Biblia necesariamente conoce a Dios, pero tampoco que estudiar la Biblia sea un obstáculo para conocerlo. La Escritura nos conduce al testimonio de Dios acerca de Cristo. El problema aparece cuando nos conformamos con la información y perdemos de vista a Aquel de quien nos habla.

3. Este conocimiento nace de la vida que Dios da

La enseñanza de Jesús nos lleva a una cuestión todavía más profunda: ¿cómo puede una persona conocer a Dios de esta manera?

Juan 3 nos ayuda a comprenderlo. Cuando Nicodemo se acerca a Jesús, el Señor le dice que necesita nacer de nuevo, o nacer de arriba (Juan 3:3-8). Nicodemo era un hombre religioso y conocedor de las Escrituras, pero necesitaba comprender que la vida de la que Jesús hablaba no podía producirse mediante la capacidad humana. Su origen está en la obra de Dios por su Espíritu.

Este pasaje y Juan 17:3 abordan aspectos distintos, pero complementarios. En Juan 17, Jesús relaciona la vida eterna con conocer al Padre y al Hijo. En Juan 3, enseña que necesitamos nacer de arriba por la obra del Espíritu. Leídos en el conjunto del testimonio bíblico, estos textos nos ayudan a comprender que conocer a Cristo no es una conquista de nuestros esfuerzos religiosos, sino que está relacionado con la vida que Dios concede.

Quien ha nacido de arriba no se limita a observar a Jesús desde fuera como alguien de quien aprende información. Ha recibido vida de Dios y ha sido unido a Cristo por la obra del Espíritu Santo. Cristo vive en él, y él vive en Cristo. Esta unión no significa que el creyente se convierta en Cristo ni que desaparezca la distinción entre ambos. Significa que la vida cristiana tiene su fuente en Él y se vive en comunión con Él.

Por eso, conocer a Cristo no es simplemente acercarse a una figura religiosa e intentar imitarla mediante nuestras fuerzas. Es conocerlo desde la vida que Dios nos ha dado por medio de su Hijo.

Esto tampoco significa que quien ha nacido de nuevo ya lo comprenda todo o no tenga nada más que aprender. Necesitamos conocer cada vez mejor a Cristo, comprender su Palabra y aprender a vivir conforme a la verdad. Pero ese crecimiento no consiste en fabricar una vida que todavía no tenemos: consiste en vivir desde la vida que Dios nos ha dado.

4. Conocerlo transforma nuestra manera de vivir

Si conocer a Cristo estuviera limitado a acumular información, bastaría con aprender más datos para considerar que hemos avanzado. Pero cuando comprendemos que este conocimiento pertenece a la vida que Dios concede, vemos que no puede separarse de nuestra manera de vivir.

El conocimiento de Cristo nos lleva a reconocer quién es Él, a escuchar su enseñanza y a responder a su verdad. No se trata de alcanzar una perfección instantánea ni de demostrar nuestra espiritualidad mediante una conducta impecable. Se trata de que la vida recibida de Dios vaya dando fruto en nosotros.

Podemos preguntarnos si estamos permitiendo que la Palabra corrija nuestras ideas acerca de Jesús, si estamos aprendiendo a confiar en Él y si nuestras decisiones reflejan progresivamente su carácter.

Estas preguntas no deben convertirse en una nueva lista de requisitos para conseguir la aceptación de Dios. La obediencia no compra la vida eterna; es fruto de la vida recibida. Tampoco debemos medir el conocimiento de Cristo únicamente por nuestras emociones. Hay momentos de alegría y consuelo, pero también atravesamos dificultades, dudas y sufrimientos. La comunión con Cristo no depende de experimentar permanentemente una sensación intensa.

Conocerlo significa vivir desde la verdad de quién es Él y de lo que Dios ha hecho por medio de su Hijo. Esa vida va transformando nuestros pensamientos, afectos, decisiones y relaciones, aunque el proceso de formación todavía continúe.

5. Conocer a Cristo también se vive en comunidad

La vida que Dios nos da no nos conduce a una existencia aislada. El Nuevo Testamento presenta a los creyentes como miembros del cuerpo de Cristo, llamados a edificarse mutuamente y a crecer juntos.

En Colosenses 3:12-16, Pablo habla de la compasión, la bondad, la humildad, el perdón y el amor que deben caracterizar a la comunidad cristiana. También habla de la palabra de Cristo habitando abundantemente entre los creyentes, mientras se enseñan y exhortan unos a otros.

Esto nos recuerda que conocer a Cristo no es una experiencia que deba separarse de la vida compartida con otros creyentes. En comunidad aprendemos, somos corregidos, recibimos ayuda y encontramos oportunidades para servir. La enseñanza bíblica y las prácticas cristianas tienen un lugar importante cuando nos ayudan a escuchar a Cristo y a vivir conforme a su verdad.

Pero ninguna actividad puede reemplazarlo. Reunirnos, estudiar, enseñar o servir no constituye por sí mismo la fuente de la vida cristiana. Todo ello debe encontrar su lugar en la vida que procede de Cristo y se expresa en el amor a los demás.

No necesitamos despreciar las actividades cristianas para reconocer esta prioridad. Necesitamos comprender para quién vivimos y de dónde procede la vida que compartimos.

Conclusión: conocer a Aquel que nos da vida

En Juan 17:1-3, Jesús relaciona la vida eterna con conocer al único Dios verdadero y a Jesucristo, a quien el Padre ha enviado. Sus palabras nos llevan más allá de una fe reducida a información, costumbres o actividades.

Conocer a Cristo no significa saberlo todo acerca de Él ni consiste en mantener una emoción religiosa constante. Es conocerlo conforme a la revelación de Dios, desde la vida que Él concede por medio de su Hijo. Quienes han nacido de arriba han recibido esa vida y viven en comunión con Cristo por la obra del Espíritu. Desde esa realidad, crecen en el conocimiento de Él y aprenden a vivir de acuerdo con su verdad.

Quizá necesitamos revisar no solamente cuánto sabemos acerca de Jesús o cuántas cosas hacemos en su nombre, sino también si comprendemos que la vida cristiana procede de Él.

¿Estoy reduciendo mi fe a lo que sé y hago acerca de Jesús, o estoy aprendiendo a vivir desde la vida que Dios me ha dado en su Hijo?

No se trata de añadir una nueva carga a nuestra vida cristiana. Se trata de volver a escuchar las palabras de Jesús y comprender que la vida eterna no se encuentra en nuestras realizaciones religiosas, sino en conocer al Padre y a Jesucristo, a quien Él ha enviado.

Texto principal: Juan 17:1-3

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